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A lo San Martín: el culto al sufrimiento y la fe eterna en el arco de los milagros

“Primero hay que saber sufrir”, dice un tangazo y San Martín lo sabe más que ninguno. Lo sabe porque es el pueblo, el pueblo sufrido, laburante, golpeado, que busca una alegría de vez en cuando en esa cancha que cada tanto le recuerda que vale la pena estar vivo. 

En La Ciudadela se sufre siempre, ganando, perdiendo, empatando, siempre. Nada es fácil acá, ni aunque venga Temperley que está en los últimos puestos y ya no juega por nada. Eso se nota de arranque, cuando ellos se plantan mejor y temprano avisan que no vinieron a meterse atrás, ni tampoco de paseo. 

Aunque tempranito nomás Cano la manda a guardar con un cabezazo fulminante, en el fondo todos saben que la noche es larga, que esto recién comienza y que hay que liquidarlo o la mano se puede complicar. Por eso lo busca Vella desde afuera, pero ataja el arquero; al debutante Monroy se la sacan de la línea; a Estigarribia le anulan un gol por offside finito; Cano no la puede empujar en el segundo tiempo; Vella le pega cayéndose y se va a fuera, Lópes le pega mal desde el punto del penal. 

Pasa  todo eso hasta que Temperley se adelanta de golpe y vienen dos o tres minutos fatales: los nervios se apoderan de San Martín, empiezan los despejes cortos, las pelotas que  siempre terminan en los pies de tipos vestidos de rosa y los centros que llueven desde todos lados hasta que uno cae una cabeza solitaria y el palo le termina sirviendo el gol a Facundo Pumpido. Más que Baldazo es un balazo. A remarla de nuevo, ahora con menos fuerza. 

Un vecita la cosa podría ser más tranquila, una vez se podría ganar sin sufrir che. Pero no, parece que no se puede así que vamos de nuevo, a buscarlo con las piernas que quedan, con el corazón en la mano, con el empuje de las gargantas heridas, con el pulso que retumba en las venas hinchadas del cuello. 

Falta mucho todavía, pero los minutos corren como si estuvieran apurados por llegar al final. La desesperación se hace cuerpo en los jugadores de San Martín. Las tribunas siguen firmes con el aliento que brota desde el pecho y cae en la cancha hasta inclinarla contra la Bolívar: “Vamos Santo vamos, ponga huevo que ganamos”, se escucha hasta en Marte y eso que hoy es lunes. 

San Martín va y va, como si no hubiera mañana, es que casi no lo hay. Ganaron todos y San Martín está obligado a ganar también. Se expone a los contragolpes que Temperley no se termina de animar a tirar. La pelota cae al área una y mil veces. Papaleo ataja casi hasta el final, donde se le escapa una solito y Estigarribia la empuja hacia adentro, pero el árbitro, que tiene una ganas de que termine, cobra una falta inexistente, callando  ese grito de gol desenfrenado que ya se había desatado.  No hay nada más feo que gritar un gol no cobrado sobre la hora, no se lo deseo a nadie en el mundo. 

“Tiempo cumplido”, dice con voz que parece de ultratumba uno en la Pellegrini, y esa frases duele como una puñalada helada en el alma. “Dio cinco”, comenta otro. “Tendría que haber dado 10 de como hicieron tiempo estos hijos de puta”, agrega alguien más. “No hay tiempo para nada”, pensás. Si fueras ganando, cinco minutos te parecerían una eternidad, pero vas empatando un partido que hay que ganar entonces el segundero va por el carril rápido de la autopista del tiempo. Hasta tenés la sensación de que hace 10 segundos lo empató Temperley, pero ya pasó más de media hora. 

Además de sufrimiento, hay otra cosa que nunca, pero nunca, falta en La Ciudadela, en el Pueblo Ciruja: ilusión, esperanza terca, inclaudicable, que es el motor de todo lo otro. Es la fe en el arco de los milagros, el de Galeano, de  Agudiak y ahora de Lucas González que esta vez si la pudo acomodar contra el palo en el rebote largo del arquero tras el disparo de Ballini. Los dos recién ingresado, enviados a la cancha por De Muner que ahora está desaforado corriendo por toda la cancha, sabiendo que lo que acaba de pasar puede marcar un antes y un después, pero ahora no hay ni antes ni después, ahora es ahora, y los abrazos son el de Bolívar, como el arco y San Martín, como el prócer. 

Hay mañana, señores, ganó San Martín y es hora de aplausos, de saludos con tu compañeros de abrazos que ni conocés pero no hace falta. En los Pullman, alguien que se quedó sin populares piensa: “Yo sabía que valía la pena gastar cuatro lucas para venir”, mientras mirá a su hijo que no para de cantar revoleando la camiseta.  

Se terminó una noche más de esas que no se olvidan, lo dice la hinchada con el corazón. Es tiempo de tomar algo en alguna esquina y después a dormir porque mañana se labura. “Primero hay que saber sufrir”, dice un tangazo al que no le recordás el nombre pero ahora te suena mientras caminás bajo los naranjos en flor de la Ciudadela oscura. Has envejecido 20 años en 90 minutos otra vez, pero sabés que valió la pena. “Si no se sufre, no es San Martín”, pensás con la sonrisa de oreja a oreja justo antes de cerrar los ojos.  




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