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“La mejor paga es el reconocimiento de la gente”: Lalo y el oficio de salvar vidas

Parecía un martes cualquiera. Uno más en este Tucumán primaveral que cada año se parece más al verano. El día había comenzado con nubosidad parcial y vientos leves. El pronóstico había anunciado una máxima de 37º y con el correr de las horas el sol fue tomando protagonismo. 

Pasadas las 14, con la ciudad continuaba en movimiento, algo ocurrió en el interior de la provincia. Las noticias que comenzaban a circular en las redes sociales daban cuenta de un hecho trágico que puso en vilo a los tucumanos: un foco de incendio se había originado en la zona conocida como El Once, a orillas de la ruta provincial 303.

En un principio se manejaban dos hipótesis: la primera versión apuntaba a un grupo de personas que se encontraban desmontando y quemando ramas y malezas. La segunda, en cambio, se refería a la falla de una máquina rural cuyos chispazos prendieron la hierba seca.

En cuestión de minutos, el intenso viento desplazó el fuego a lo largo de 15 kilómetros a través de campos de trigo. Para cuando cayó el sol, las llamas ya habían llegado a Las Cejas, en el departamento de Cruz Alta, y a Piedrabuena, en Burruyacú. Para ese momento, el terror, la angustia y la desesperación se habían apoderado de los vecinos y las vecinas de esas localidades. 

En esta parte de la historia entra Eduardo Moyano, un hombre de 58 años que dedica su vida a salvar la de otros. Lalo, como lo conocen sus allegados, trabaja en el Sistema de Emergencias 107 manejando una ambulancia. 

A principios de 2017, las inundaciones en la localidad de Lamadrid lo conmovieron tan profundamente que decidió transformar la indignación y el dolor en acciones concretas. Así fue como Lalo reunió a un grupo de amigos y el 6 de abril de ese año conformaron una cuadrilla de rescate para colaborar con los organismos provinciales en la asistencia a los damnificados.

La cuadrilla de Lalo, trabajando en el incendio de Piedrabuena. 

Tras aquella gesta heroica, solidaria y desinteresada, Lalo sintió que esa iba a ser su nueva vida, que las horas que le quedaban por delante las iba a dedicar a ayudar a otros, a salvar vidas.

Lalo le atiende el teléfono a eltucumano a las once de la noche. Porque está de guardia en el 107; porque está despierto; porque sabe que a cualquier hora alguien lo puede necesitar. 

Con las huellas del cansancio en su voz, Lalo le cuenta a este diario sobre su tarea humanitaria. “Somos un grupo de 16 personas que hacemos esto. Somos amigos, algunos son electricistas, otros albañiles, otros hacen changas; tenemos una compañera que es conserje en una escuela. Nos dedicamos a las tareas de rescates de personas, más que nada en inundaciones e incendios”, relata. 

La cuadrilla conformada por Lalo está dividida en tres grupos: uno se dedica al rescate de personas en siniestros climáticos; el segundo grupo sostiene un merendero en la localidad de Piedrabuena, una de las principales afectadas por el incendio del martes, y finalmente un tercero se ocupa de recaudar donaciones para asistir a los damnificados de este tipo de eventos. 

El Merendero Mariana, en la localidad de Piedrabuena. 

¿Cómo llevan adelante Lalo y sus amigos este tipo de tareas? Según le relata el hombre a este diario, todos los recursos que usa su cuadrilla son propios, comprados con su propia plata. “Todas nuestras herramientas las compramos nosotros con nuestra plata. Para el rescate en incendios e inundaciones tenemos una sola camioneta, que es donde viajamos todos”, aseguró. 

“En algunas ocasiones tenemos que acampar en los lugares donde vamos a hacer tareas de rescate y a veces nos pasamos hasta tres días sin comer. Esto es puro sacrificio, y el mejor pago es el gracias de la gente”, agregó. 

Hace poco, Lalo y sus compañeros de tarea compraron una fumigadora termonebulizadora. Con ella hacen fumigaciones contra el Dengue en comunas, barrios y escuelas.

 Sobre el fuego que azotó al interior este jueves, Lalo relató el horror desde su lugar de testigo presencial y protagonista de los hechos: “la situación nos superó. Lo poco que sabíamos lo pusimos en práctica y nos metimos en aquellos lugares inaccesibles para ayudar a los pobladores. Sin embargo, el viento era tan fuerte que hizo muy difícil la tarea”, explicó. “La gente estaba destrozada, indignada y muy triste. La gente de esos lugares perdió mucho”, agregó.

Con mangueras, con baldes, con lo que se pueda. 

Desde hace cuatro años, Lalo pasa sus días así: en la cabina de la ambulancia, entre llamas o con el agua hasta por la cintura. Ahí, donde pocos lo ven, acurrucado en el anonimato, siempre dispuesto a tender una mano solidaria a cualquiera que lo necesite, en cualquier lugar y a cualquier hora.


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