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La odiosa de costumbre de posar para la foto

 Cuando salió la fotografía, tomarse una era algo serio y, sobre todo, oneroso. Para un daguerrotipo había que estar sentado un rato muy largo frente al fotógrafo, hasta que se impresionara la placa de plata. Al principio eran como diez minutos posando, pero después se acortaron los tiempos.

Una foto no era cuestión de todos los días. Había gente que tenía muy pocas y hubo gente que nunca estuvo frente a una cámara. Sin entrar en detalles, la fotografía se fue popularizando, las máquinas se hicieron cada vez más baratas y revelar una imagen e imprimirla en un papel se hizo una costumbre casi cotidiana.

Atrás habían quedado los tiempos en que un personajote se calzaba sus medallas, su uniforme de coronel del Ejército, sus botas, la espada, el sombrero y el poncho y se iba a la casa del fotógrafo a tomarse la que quizás fuera la única imagen real, digamos, que tendrían sus hijos y nietos. Dicen quienes saben, que no hay ninguna foto de Carlos Gardel despeinado, era alguien famoso y le sacaron muchísimas, pero nunca lo pescaron con el pelo revuelto, recién levantado, tomando mate con doña Berta en el patio de su casa, saliendo a escondidas y de madrugada de la casa de una naifa.

Recordamos o atesoramos la foto del abuelo, de traje y corbata, posando para el fotógrafo, con la vista fija en la cámara y la mirada en la eternidad del papel. O toda la familia de los viejos, generalmente en un estudio, los chicos sentados en el medio y a ambos extremos, los bisabuelos aún jóvenes y fuertes. Esas imágenes nos hicieron creer en que quizás era gente estirada o muy ceremoniosa, que jamás se reía, más seria que quirquincho en fábrica de charangos.

Cuando llegaron las maquinitas plásticas (las Kodak, báh), la cosa se descuajeringó del todo. Cualquiera tenía una y era tan barato revelar un rollo que la gente se tomaba fotos en camisón, en pijama, despeinada, haciendo gimnasia, tomando mate, besándose, en fin. Inventaron hasta un cartelito ordinario para ponerles encima así cuando las mostraran a los amigos, todos se rieran de sus poses ridículas, sus monerías, los cuernitos que les habían puesto a los otros.

Hubo gente que decidió abandonar la foto de traje, corbata, gomina, zapatos recién lustrados, la mano apoyada en un sillón y atrás un bucólico paisaje pintado en un lienzo de la casa del artista. Les parecía mejor que los recordaran como realmente eran, despeinados, quizás trabajando en el taller, con el mameluco sucio de grasa o con el delantal de siempre, frente a su consultorio o sentados frente a la computadora. Dicen: “Ese tipo de traje y corbata es un yo que se pone así sólo cuando va a ir a un casamiento o tuvo que jurar como director de Parques y Paseos”. Y prefieren que se acuerden de ellos tal como eran todos los días y no en las fiestas de guardar.

En ocasiones sale una tía anciana a criticar a los parientes, porque: “Cómo van a tener en el living, una foto del viejo despeinado y con ese pantalón remendado, ni ciruja que fuera”. Y el muerto, desde el Cielo o tal vez el Purgatorio, se ríe a las carcajadas, sabiendo que el alma de sus hijas, ya veteranas, repletas de rencores antiguos, pero eso sí, de comunión diaria, Rosario en el respaldo de la cama, pobre marido, y milanesas de berenjena en Cuaresma, irá derechito al Infierno que se merecen. Las oye gritar del calor, junto a Lucifer, y cuando San Pedro no lo ve, se relame de gozo el finado.

Juan Manuel Aragón



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