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Mundos íntimos. El deseo de ser exitoso implica mucha presión. ¿Cómo seguir cuando hay que responder a los que otros esperan?

Hoy está hermoso. Soleado, templado, sereno. Estoy lúcido y tengo todo el sábado por delante. Estoy echado en el sofá y pienso que lo mejor sería no pensar. Estar en blanco un rato. Meditar sin guía. Deseo que el vacío llene mi mente. Intento imponérmelo: busco la plenitud de la desinformación. Segundo tras segundo, siento que puedo lograrlo. Error: las ideas comienzan a atravesarme. Impregnan, se agolpan. Se expanden como manchones y revientan el espacio. Me sobrepasan. Ahora soy una hoja llena de anotaciones anárquicas que rompen los renglones y los márgenes. Obligaciones. Culpa. Pendientes. Temores. Abro los ojos: es un bello día, es temprano, no puedo estar sin hacer nada. Tengo que ponerme a hacer algo. Algo de todo. Profesional, académico, físico, económico. Estar en carrera. Si aflojo, toman formas las ideas que corroen mi claridad. Llegará ese deseo: el de no ser este yo que no alcanza el canon.

No ser yo no tiene nada que ver conmigo. No es una cuestión personal. Calculo que si fuera otro me pasaría lo mismo. ¿Cómo chequearlo? Esto soy y esto no quiero ser. Por eso, me la paso siendo: hijo, hermano, amigo, empleado, novio, joven, estudiante, amo de casa, monotributista, militante. En la semana me distribuyo horas para ser cada aspecto de mi vida. Jamás llego a satisfacer todos los roles o al menos dedicarle momentos de exclusividad a cada vida.

Es entonces que escojo la sobreestimulación.

Capacitaciones online en simultáneo con ejercicio físico. Videollamadas con padres mientras lavo los platos. Responder mails en salidas con amigos. Coger pensando en si llego a la reunión con los jefes. Resolver pedidos en la fila del supermercado. Faltar, llegar tarde, incumplir plazos, postergar anhelos. Dejar todo a medias. Programar qué sigue sin acabar aún el momento. No terminar y tampoco acabar: es impensable un orgasmo cuando tu mente te está tocando el timbre a cada segundo.

Fernando Brovelli en una radio cuando cursaba su tercer año de la carrera de Comunicación.Social.

En el permanente acto de ser, el multitasking ya no es un requisito de las agencias de recursos humanos: es el único modo de vida para llegar a la rutina del día siguiente. El ser multitasking y la nada. El intenso vacío de llenar la agenda de obligaciones para que haya una gran mancha. Vivir con frenesí una espiritualidad posmo: rezarle a mi dios para no enfermarme, para que no se rompa nada dentro de casa, para que el sueldo me continúe alcanzando. Si algo altera esta inercia, la pirámide se destruye. El plan pierde su principal motor: la constante acción.

Cuando el esfuerzo de movilizarme en la presencialidad se conjugó con mi ansiedad de aprovechar el tiempo de la cuarentena, conseguí apilar una rutina inviable, antinatural. Oftalmólogos, profesores de yoga y psicólogos se quedan sin turno: estamos ansiosos, adoloridos, chicatos. No puedo sostener una exigencia que no me dio lugar al duelo de nuestro trauma. No me permito detenerme para pensar en ese garrón que padecimos porque bajar el ritmo me aproximaría a las fronteras de la mediocridad. Me haría menos competitivo. Sufrir, pensar, procesar se convirtieron en actos íntimos y postergables. Simplemente no es cool. Actualizar renglones en las plataformas de búsquedas sí lo es. Hay que mostrar goce en ser profesional: el éxito radica en superar los límites que nuestra capacidad de reacción puede tolerar. ¿Quién consigue tiempo para pensar cuando todo es competir?

La hegemonía de la mensajería móvil extendió las horas de rendirle cuentas al deber. Los whatsapps -los pedidos, las demandas- llegan cuando ceno y antes de que suene mi alarma. Pero, entre ellos, recibo mensajes que no están silenciados. Es un amigo de la adolescencia, que entre el caos de sus propias obligaciones, recordó que tenía que entregar un trabajo final. Me pregunta cómo me fue, me manda un meme o un video viral. Textos breves, genuinos y agotados, que llegan siempre y no precisan asistencia perfecta.

Graduación. Fernando Brovelli siempre tuvo ganas de trabajar pero siente que lo agota no tener un solo empleo donde anclar.

Cuando no es un amigo, es mi mamá. “Que tengas linda semana, hijo”. Muchos emojis, un sticker grandilocuente, un audio sentido. Fotos del perro en el patio, de los primos que se volvieron adolescentes, de la ciudad natal que continúa creciendo. Representaciones auténticas del cariño irrumpe en el torbellino de imperativos de la superficialidad. ¿Cómo preservarse en esa calma que otorga la contención? ¿Cómo cuidar esos espacios si las exigencias nos implican asumir permanentes roles, distanciados del placer de la templanza? El mejor, el más apto, el más aggiornado. Con mi gente soy yo, pero parece no ser suficiente. ¿Tendré que dejar de serlo?

No ser yo: querer experimentar la sensación de paz mientras me esfuerzo por corromperla para poder seguir siendo. Mis momentos de ocio se convirtieron en un laboratorio de la ansiedad. Leo una novela que me gusta. La subrayo, le tomo fotos a ese fragmento, las publico en redes y reviso unos minutos el feed. Vuelvo a tomar el libro pensando si el posteo fue ingenioso. ¿Le interesará a ese especialista que me siguió hace poco? ¿Qué pensarán mis compañeros de trabajo? ¿La chica que me gusta pondrá like? Llego al final del capítulo y reviso la publicación: no, continúo en el plano de la intrascendencia. Un inocuo yo, un austero yo, un yo aislado en la era de la conectividad. Un yo que no es exitoso, que debe esforzarse más.

La cotidianidad se constituye, así, en una enumeración caótica en la que se alcanzan resoluciones pero con ellas devienen más problemas por resolver. No son nuevos desafíos: son simplemente quilombos. Ocurrió con esta nota. Tenía pocos días para mandar una corrección. Sabía que contaba con unas horas del fin de semana. Pero, al llegar a mi departamento, me encontré con mis realidades. Basura por tirar y la heladera descongelada después de diez meses. Un audio sin escuchar de mi hermano y un regalo importante que aún no tenía forma. Las plantas secas, una panza en el espejo. ¿Qué me voy a cocinar esta noche? Escoger: los espacios que me ocupan el tiempo no son siquiera míos. El cuerpo se calienta, la mente se abruma. Comienza a latir la adrenalina. Existe satisfacción en saber cuántas cosas puedo hacer en poco tiempo y hasta cuántos minutos puedo llegar tarde a la cena que arreglé hace dos semanas. Releo y escribo este párrafo; me interrumpo para anotar ideas para avanzar en otros proyectos. Corto: recuerdo una posible salida donde puedo reunir a los dos amigos que vengo pateando hace meses. El lavarropas se sacude. ¡Cierto, la lista del supermercado! Aceite, yerba, dentífrico, huevos. ¿Llego a hacer algunas flexiones antes de ducharme? Primero, pongo las milanesas en el horno.

La certeza de la permanente falta alcanza muchas dimensiones. Los mandatos están ahí y jamás esperan. Pero el más agresivo de los objetivos a alcanzar es el fin de mes. ¿No servía para eso la facultad? ¿Para tener una profesión, trabajar ocho horas y estar tranquilo? La fantasía clasemediera se pinchó con el inicio de la adultez. El escalamiento social solo es una posibilidad de filtros de Instagram. Conseguir un trabajo en el que no te sientas despreciado se configura como una ilusión, pero no derrumbarse después del cajero del supermercado es la verdadera utopía.

Todo precio es una sorpresa, un arrebato de desánimo; lo que me ofrecen por hacer periodismo también. Añado trabajo a mi full time y el ahorro no es una opción. El emprendimiento que soñamos con amigos comienza a provocar malestar: no quiero gastar tiempo en lo que no me da plata. ¿Cuánto más va a demorar el pago como freelance? La cuota, la salida, la campera que me gustó en Internet: mejor, para el próximo mes. ¿Realmente merezco comprarme esta remera o me estoy volviendo suntuoso? Adiós frutos secos, delivery y marca de café. ¿Lo apuro a mi vecino para que me pague su parte del Wi Fi? No sé, es de mal gusto, no me da la cara: tiene un bebé y lo vi con el bolso que usan los motomandados. Tengo que llegar al primero del mes. Ojalá mis jefes no cuelguen en pagar. Ojalá mi celular no se rompa. Ojalá me salga ese otro trabajo de fin de semana: al fin voy a poder invertir en criptomonedas. Dicen que es el futuro. Necesito construirme un futuro.

Es por eso que estoy al acecho. Tengo que cazar oportunidades. Sitios de búsquedas laborales, becas en el extranjero, cursos gratuitos. Todo colabora para seguir un camino que no se entiende a dónde lleva, pero se tiene que seguir. Presento ponencias a congresos que no podré participar, doy el presente en reuniones virtuales en las que no hablo, leo por la mitad los textos sugeridos para posgrados con cuotas altas.

Vivo, y resisto, zafando para la fecha límite de cada semana. Sumo renglones, actualizo mi perfil laboral: continúo en el circuito. Entre la autoexigencia y la angustia, me pongo verborrágico con mi otro yo, un alter ego que me susurra complots. ¿Pensás que fue correcta tu respuesta a la jefa hoy? ¿No quedaste como un goma con tu compañero más nuevo? ¿Pensás que con este esfuerzo vas a poder tener la calidad de vida de tus padres? Pantallas, drogas, bostezos, conversaciones con mi pasado sobre mi futuro, impuestos; todo simultáneamente constante. Me sobreestimulo para no quedar en el vacío, ese yo que no quiero, ese yo que es el blanco perfecto de la culpa y la congoja. Un malabarista desequilibrando mi propia subjetividad. Las manos repletas, la cabeza fuera del momento. Una nostalgia permanente de un presente que no se habita.

Todos los planos se pisotean entre sí y queda nada: yo. Me deshago en el intento permanente de vivirme. ¿A veces llego a ser yo? ¿Con sólo procurar ya estoy siendo? El limbo que supone hacer tanto y siempre estar a mitad de camino ni siquiera me suena a oxímoron: es un cotidiano que no puedo dejar de elegir. Veo gente, a veces llego a conocerla, que acciona con mayor serenidad hasta en sus hobbies. Leen tendidos durante horas sin siquiera ir al baño, ven completos los videoclips, no preguntan cuánto falta para que termine la película. Fuman un pucho mirando la ventana.

Los percibo calmados, ¿me están engañando? ¿No saben que en este momento hay una discusión nueva en Twitter? ¡Debo tomar postura! Mis seguidores están pendientes. Todo el mundo, todo mi mundo, está hablando de eso, al menos desde ayer. ¿Con un tweet alcanza? ¿O mejor subo una historia también? Mejor si encuentro una canción que hable del tema. La comparto. Me mantengo sin incongruencias. Me manifiesto sobre el calentamiento global, sobre el hambre en el mundo, sobre la especulación que nos deja sin casas ni bosques, en las mismas redes donde comparto mi desayuno o me quieren vender un viaje. Miren mis perfiles: soy una persona sin fisuras ni contradicciones. Tengo que encargarme del futuro, el del país, el de todos.

Por eso hoy, que es sábado, tomé una decisión. Finalmente escogí: voy a encargarme de mí. Aprendí a hacer pan con un tutorial de YouTube. Comencé una serie de la que nadie opina: adoré el primer capítulo. Volví a ver los goles que metió Messi anoche. Las sábanas están limpias; en la heladera quedaron unas sobras que van a mejorar con un minutito de microondas. Saboreo como la paz marida con una copa de vino en el espacio que supe construirme. Ese refugio musicalizado con la lista de reproducción que me regaló alguien importante toma la temperatura de la luz natural. Creo que percibo, que siento que estoy acá. Que puedo, por unos momentos, no ser otro que yo mismo, con lo que dejé de mí. Me siento cómodo con eso. Creo que puedo vivir así, al menos hasta que termine la música.

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Fernando Brovelli nació en Formosa en 1995 y vive en La Plata hace diez años. Es profesor y licenciado en Comunicación Social por la Universidad Nacional de La Plata, maestrando en Periodismo Narrativo por la Universidad de San Martín, gestor cultural y periodista. Es columnista de radio en Estación Sur y colabora con reseñas culturales en IndieHoy y Fancine. Su tesis es un libro, “Presentes. Historias de estudiantes en contexto de encierro”, que se encuentra digitalizado y de libre acceso en la web. Recomienda en redes sociales todo lo que le gusta: películas, canciones, museos y lecturas. Dejó de escribir ficción porque cree en la dimensión artística del periodismo.

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