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Carnavales de antes: de Sarmiento y el pomo de agua, a las serpentinas y los bailes en estadios

En los 60 a baldazos limpios en la vereda, en los 70, con bombitas de agua y en los 80, con bailes en los grandes clubes de fútbol. Sin embargo, los festejos de carnaval tienen una larga historia que arranca con Domingo Faustino Sarmiento.

Fue el sanjuanino, cuando era presidente de la República quien organizó el primer corso oficial de Buenos Aires, en 1869

Los había conocido 22 años antes, durante uno de sus viajes a Europa (1845-1847). Cuenta en Viajes en Europa, África y América (1851) que cuando llegó a Roma “estalló” el campanario del capitolio romano llamando a los festejos y quedó fascinado.

Durante el mandato de Sarmiento, cuando Valentín Alsina era el gobernador bonaerense, el festejo central era a lo largo de cinco cuadras en el barrio Monserrat, entre la calle Victoria –actual Hipólito Yrigoyen- y la Plaza Lorea, en donde se hacía el “entierro del muñeco” que sería el rey Momo “enfermo”.


Carnavales de Sarmiento


El historiador Enrique Puccia contaba que los guías del Museo y Biblioteca Casa Natal de Sarmiento relataban que que el mismo Sarmiento, como primer mandatario, se paseaba en coche oficial descapotado por esas 5 cuadras y lo empapaban; lejos de enojarse, “se desternillaba de risa”.

Tan serio e intelectual como era, Domingo Faustino Sarmiento oficializó los festejos de carnaval cuando fue presidente: salía a la calle, camuflado o no, a jugar con pomo de agua.


El Diario de Cuyo publicó (Sarmiento y el carnaval, Valeria Sacchi) que algunos testigos habían visto al entonces presidente caminando con poncho de vicuña y la cabeza cubierta por un chambergo, repartiendo y recibiendo “chorritos de agua, riéndose a mandíbula batiente”. 

En Monserrat se armaban las “Comisiones del corso” y los mismos vecinos hacían donaciones para armar palcos ornamentales y decorar las cuadras con banderines y guirnaldas coloridos de vereda a vereda. 

Heredero de la épica patria y preludio de la generación del 80, el corso se organizaba como un desfile castrense. Arrancaba con las marchas y luego seguían las comparsas divididas en tres “cuerpos”: infantería, caballería y carruajes, siempre en ese orden. 

Había premios para los mejores en cada rubro y también sorpresas: San Benito sólo estaba integrada por “señoritas”; había desfile de princesas; carrozas ornamentales; desfile de máscaras infantiles, etc.

Algunas de las comparsas más famosas de los albores del corso eran Tenorios, Estrella del sur, Símbolo Republicano, 

Salamanca, Porvenir del plata, Stella di Roma, Negros Porteños, Habitantes de la Luna, Hormiguitas, Angelitos, Hijos de Lucifer y Progreso del Plata.

Sarmiento se autoproclamó “el loco del carnaval” y su murga preferida lo nombró “Emperador de las Máscaras” y le acuñó una moneda heráldica de estaño.


De Sarmiento y el pomo de agua

Sarmiento tenía predilección por la murga Habitantes de la luna, algunos de cuyos integrantes serían famosos como Emilio Mitre, Delfín Huergo, Alberto Casares, Ireneo Portela y nada más ni nada menos que Francisco Pascasio Moreno, el futuro “Perito” que por entonces sólo tenía 20 años. 

En carnaval todo –o casi todo- estaba permitido y el espíritu preponderante era la sátira social –así lo entendía Sarmiento incluso cuando fomentaba el corso en San Juan durante su período como gobernador. 

Sarmiento los invitó a tomar el en su casa con una leyenda prometedora:  “tendrán la oportunidad de conocer al loco…”. 

A sabiendas de que uno de los integrantes de la murga lo imitaba, Sarmiento le pidió que lo hiciera y luego les dijo que hicieran lo mismo con su Ministro del Interior Dalmacio Vélez Sarsfield, que estaba ahí. “Están todos mamaos” reaccionó en puro cordobés de Calamuchita el autor del Código Civil de Argentina.  

En agradecimiento por su hospitalidad, la murga bautizó a Sarmiento “El emperador de las máscaras” y en 1873 mandó a acuñar monedas de estaño, con el perfil del presidente con una corona imperial, y le envió una de regalo.

Carnavales para todos”, pensó Sarmiento

Los festejos de carnaval ya existían en tiempos coloniales, pero no llegaron lejos por los excesos de los participantes.

Por eso, la iniciativa sarmientina fue bien recibida y tuvo una repercusión social inesperada: permitieron la visibilización de los descendientes afroamericanos.

Sí, todavía había muchos negros en Buenos. No tantos como en 1810, cuando se calculaba que representaban el 30% de la población, pero habría unos 8.000, muchos de los cuales habrían milagrosamente sobrevivido en la Guerra de la Triple Alianza (1864-1870) o no habían sido enviados al frente de batalla.

Cuando pasó el furor por los tambores, los carnavales se festejaron a pura serpentina y papel picado.

En Monserrat, gran parte de los presentes en los festejos de carnaval eran los afrodescendientes y hacían tanto ruido que la zona se ganó el apodo de “Barrio del Tambor”, por las orquestas populares improvisadas con la percusión de marimbas, masacallas, maracas de lata y tambores.


Carnavales de antes 

Según Enrique Puccia, autor de Breve historia del carnaval porteño, en los días de festejos las calles eran “un hervidero de gente” desde la tarde.

Balvanera fue pronto otro de los barrios porteños que se llenaban de color para los carnavales. Sin embargo, en 1894, cuando se inauguró Avenida de Mayo, los festejos populares de carnaval se trasladaron a esa Gran Vía tan europea. Con calzada, acera y boulevard amplios, podía recibir más gente y el desfile de carrozas y comparsas se agilizaba. 

La inauguración de Avenida de Mayo cambió el paisaje de los carnavales y los disfraces se perfeccionaron con la costura de las inmigrantes.

Con boulevard, calzada y acera más amplia, el desfile de carrozas de carnaval encontró en Avenida de Mayo su mejor corsódromo porteño.

Con la mudanza del corso a la Avenida de Mayo, se potenció un nuevo elemento: el disfraz, la gran estrella del carnaval. En general eran los trajes típicos de las comunidades, cosidos para los hijos por las amas de casa inmigrantes. El día de los festejos, orgullosas las costureras tomaban una foto a sus hijos y se las enviaban a los parientes de Italia, España, Polonia, Rusia, o donde fuera.

Agua, serpentinas y bailes

El carnaval “es una tradición de la humanidad que se perpetúa a través de los siglos. Es una necesidad del espíritu. El pueblo se muestra tal cual es en estos días de desorden autorizado, más puede medirse su estado de moralidad y cultura en medio de las locuras del carnaval, que en los comicios públicos o en los actos íntimos de la vida (…)dijo Sarmiento y cita Valeria Sacchi.

Y sabía de qué hablaba. Una de las murgas más conocidas de entonces era  una sociedad de élite, Los Negros, cuyos integrantes no eran precisamente tales sino jóvenes blancos de la aristocracia porteña, que se pintaban la cara con corcho quemado para la ocasión. Ramírez y Ezcurra, Lainez, Costa y Gascón, Rojas, Ocampo, Lynch, Cané y Mitre (que se sacaba chispas con Sarmiento) eran algunos de los apellidos que figuraban entre sus integrantes. 

Sus cantos imitaban el castellano defectuoso de los afrodescendientes y los mencionaba como “negro candombero”, “negrillo bozal”, “negro trompeta”, con cierta discriminación que recordaba el pasado esclavista. Los conflictos aparecieron y los vecinos se quejaban de las peleas públicas entre comparsas por lo cual, las autoridades post-sarmientinas prohibieron la presencia de las comunidades afrodescendientes y sus candombes abandonaron las calles para replegarse al ámbito privado. 

Carnavales en Buenos Aires: los festejos nacieron en las calles, pero en la segunda década del siglo XX se trasladaron a los teatros porteños.

Carnavales en el siglo XX


La tradición de los bailes de carnaval continuaron en el siglo XX, pero de las calles se fueron a los teatros

Se sabe que en 1921, Francisco Canaro se presentaba a lo grande en el Teatro de la Opera, con una orquesta integrada por 12 bandoneones, 12 violines, 2 cellos, 2 pianos de cola, una flauta y un clarinete. Julio De Caro no se achicaba y casi en simultáneo alegraba los grandes bailes de carnaval del Teatro San Martín (Esmeralda 255), con una orquesta de 40 músicos sobre el escenario.

Y no eran los únicos, porque los teatros Coliseo, Politeama, Astral, Casino, Victoria, Smart y el Pueyrredón de Flores estaban entre los muchos que se fueron sumando.

Y desde luego, el gran Teatro Colón de Buenos Aires, que en 1934 se sumó a los bailes de carnaval con una programación muy completa, del clásico al fox trot.  

Carnavales en clubes


Poco más tarde, la movida de carnaval llegó a los clubes y estadios deportivos que competían entre sí con recursos desparejos por tener a las orquestas más conocidas. 

San Lorenzo, River, Racing, Independiente de Avellaneda, Atlanta, Chacarita, Vélez Sarsfield y Ferro Carril Oeste se disputaban a los grandes directores: Alfredo De Angelis, Carlos Di Sarli, Juan D’Arienzo, Aníbal Troilo, Osvaldo Pugliese…

Y si no había orquestas, el carnaval no faltaba. Algunos barrios “se animban” literalmente con los conductores estrellas del momento: Leo Rivas, Juan Alberto Mateyko, Juan Carlos Mareco, Miguel Angel Merellano, Rubén Machado, Edgardo Suárez, etc  

Palito Ortega fue un habitué de los bailes de carnaval en los grandes estadios

Y si no había orquesta ni animador ni figuras sobre el escenario, la gente iba a “mover el esqueleto” escuchando música grabada y a bailar hasta el amanecer, mientras “se jugaba” al carnaval  con lanzaperfumes, aerosoles de nieve, inocentes serpentinas de colores y parvas de papel picado. En los bailes, perdón presidente Sarmiento, el agua estaba prohibida. Y tuvo suerte de haber pasado a los bronces antes de que naciera la conciencia ecológica.

Otras sedes deportivas que en principio estaban en la B de los clubes, también se posicionaron entre los más buscados para los bailes de febrero. 

El Club Atlético Correos y Telégrafos, por ejemplo, que era el club sindical de “los carteros” se hizo famoso en los años 70 como Club Comunicaciones –a secas- y fue la sede de los multitudinarios Carnavales de Radio Mitre que tenían a Francisco “Mochín” Marafioti (esposo de María Graña y productor de CBS Records) como musicalizador. Pasaba música y el baile “se picaba”. 

En su apogeo, también Sandro se sumaba cada verano a los bailes de carnaval en los clubes de fútbol.

Pareja suerte fueron compartiendo con Comunicaciones, los Clubes Municipalidad, Villa Malcolm, Regatas de Avellaneda, Centro Lucense, Centro Asturiano, el Darling Tennis de La Boca y Unidos de Pompeya, por sólo citar los porteños, qué va!

Todos los revisionistas de los 70 y 80 citan al Club San Lorenzo, como el mejor ejemplo del furor por los bailes de carnaval. Funcionaba en el Viejo Gasómetro de Av. La Plata  y pasó a ser sinónimo del “carnaval mayor de Buenos Aires”. 

Por su escenario de verano pasaron desde figuras internacionales como Joan Manuel Serrat y Roberto Carlos hasta Sandro, Palito Ortega y Leonardo Favio, incluyendo a Los Wawancó, Los Gatos, Manal, Pintura Fresca, Katunga, Pomada e incluso Los del Suquía, que endulzaban la noche con sus voces del Uritorco. 

Incluso, cuando apenas tenía 17 años, María Cristina Lancelotti se presentó como vocalista de la orquesta Los Antillanos en los bailes de carnaval en el Centro Asturiano y fue entonces cuando se convirtió en una estrella de la canción, Valeria Lynch.

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