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Cristina vs. Alberto, una distancia sin retorno

Casi como si fuese un espectáculo escindido del inicio de sesiones ordinarias del Congreso, todo el arco político estaba a la expectativa de cómo sería el recibimiento de Cristina Kirchner a Alberto Fernández, luego de nueve meses de no mostrarse juntos públicamente.

El saludo fue frío, casi tanto como el recibimiento que diputados, senadores y otros dirigentes políticos y judiciales le dieron al Presidente al entrar al recinto de la Cámara baja. Pero el gesto que más se viralizó ocurrió antes de que empezara el discurso: Alberto Fernández alzó una botellita de agua, se sirvió y la estiró para ofrecerle a la vice. Con la mano en alto le rechazó la oferta y ante la insistencia le reprochó: “Dejalo ahí”.

Fue una especie de pintura que anticipaba lo que ocurriría después: el Presidente intentando seducir a su vice con críticas feroces a la Corte, a la Ciudad de Buenos Aires y a la oposición en general. Cristina, mientras tanto, sin gestos ni expresiones. Escuchando un discurso anodino. La grieta interna en su máxima expresión.

Plan persuasión. Alberto Fernández jugó una última carta en su intento por ser aceptado por el kirchnerismo como candidato a la reelección. Por eso aplicó, de principio a fin, el manual de La Cámpora: le exigió al Poder Judicial que investigue “con premura” el intento de asesinato a Cristina, habló de “inhabilitación política” de la vice por su condena en la causa Vialidad y protestó por la devolución de la coparticipación a la Ciudad de Buenos Aires. “La Corte le quita dinero a los que más necesitan y destina esos mismos recursos a la ciudad más opulenta del país”, los cruzó.

Pero no hubo caso: en las dos horas de discurso, Cristina no miró a su compañero de fórmula, no le hizo ningún gesto de aprobación y ni siquiera aplaudió ninguno de sus párrafos. Hizo notar la mala relación entre ambos.

Otro gesto que evidencia los pocos puentes que unen al Presidente con el kirchnerismo fue la ausencia de Máximo. El hijo de la vice, que a esa hora se mostraba en un centro de jubilados de La Matanza, fue el único diputado que faltó al inicio de sesiones ordinarias. Es la tercera vez consecutiva que deja su banca vacía.

Lá Cámpora estuvo representada por su posible candidato presidencial, Eduardo “Wado” de Pedro, que siguió el discurso tomando mates en el recinto. El ministro del Interior evitó dar declaraciones públicas apenas terminó la ceremonia. Es que ya lo habían sacudido bastante a Alberto desde su rincón.

Horas antes del inicio de sesiones, Andrés Larroque le hizo un fuerte reproche: “El Presidente no llegó ahí por los votos propios. Le está mordiendo la mano a quien le dio de comer”, dijo “el Cuervo” en una entrevista en AM 750. Y completó: “Él llegó a ese lugar como parte de un acuerdo con el kirchnerismo que no se terminó de honrar”.

Como suele suceder, fue la portavoz oficial la que recogió el guante y salió en defensa de Alberto. “Si sos parte de un gobierno, no podes estar tan en desacuerdo con lo que hace el Presidente, porque sino te hubieras ido”, les recriminó Gabriela Cerruti.

El plan persuasión del Presidente obvió un detalle importante. Es que no utilizó con exactitud la última proclama K: entre las 2500 palabras que utilizó no estuvo “proscripción”, ni una vez. “Habló de inhabilitación política. Es lo mismo”, lo bancó su flamante jefe de Gabinete, Agustín Rossi.

Sin energía. Poco le duró el centro de la escena al Presidente. Por la tarde del 1 de marzo un incendio en Campana provocó la salida de servicio de la central nuclear Atucha I y gran parte del país se quedó sin electricidad. Mientras tanto, en la cuenta de Twitter de Alberto Fernández se reproducían extractos de su discurso del mediodía. Y uno de esos mensajes despertó la furia de cientos de personas: “Hoy vivimos sustancialmente mejor”, publicó a las 17.30, cuando unos seis millones de hogares permanecían sin luz. La bronca se evidenció en decenas de respuestas.

La participación del Presidente generó más críticas que adhesiones. Más allá de que la oposición esperaba el discurso para salir a cruzarlo con vehemencia, sus palabras dieron lugar a decenas de comentarios.

Por empezar, los legisladores de Juntos por el Cambio de CABA se levantaron cuando el Presidente protestó por la resolución de la Corte en la causa por coparticipación. Luego fue el turno de retirarse de los santafesinos, que escucharon cómo Alberto delegaba la responsabilidad de la avanzada narco en Rosario en el máximo tribunal de Justicia. Hasta Graciela Camaño y Javier Milei eligieron saltar de la banca antes de tiempo y no escuchar el final de la alocución.

Otros opositores apelaron a llamar la atención hasta el límite del ridículo: Fernando Iglesias se dio vuelta para darle la espalda al estrado desde donde hablaba Alberto. Y luego intentó interrumpirlo gritándole. Por momentos el recinto de la Cámara baja se pareció a un estadio de fútbol.

De hecho, el discurso del Presidente terminó con un canto de cancha, repleto de ironía. “Boromombón, borombombón, para Fernández la reelección”, se escuchó. No eran voces oficialistas. Eran los legisladores de Juntos por el Cambio, divertidos por el fuego amigo que se expande en el Frente de Todos.

Pero la disputa más fuerte que eligió arrojar Alberto fue contra la Corte. Sentados de cara al anfiteatro, apenas a unos metros del Presidente, Horacio Rosatti y Carlos Rosenkrantz escucharon las feroces críticas del mandatario. Mientras les reprochaba que habían sido elegidos por decreto y repudiaba su accionar, los señalaba con el dedo índice. No alcanzaron a ver su actitud porque mantuvieron recta su cabeza hacia el público. Tras el cierre del acto, comentaban sorprendidos la virulencia del ataque recibido. Fernández lo dio todo en su último intento de reconquista a Cristina.

Sin margen. Hasta este 1 de marzo, Cristina Kirchner había cuidado mínimamente las formas en público. Nunca, hasta ahora, había ignorado al Presidente de la manera en la que lo hizo desde que Alberto Fernández ingresó y hasta que se retiró del Congreso.

El Presidente notó la soledad incluso camino al palacio legislativo. Allí donde solían congregarse miles de manifestantes esta vez hubo apenas algunos grupos de personas. La Cámpora no movilizó, pero tampoco los movimientos sociales ni la CGT. 

Los gremios, que habían sido uno de los pocos bastones sobre los que se apoyaba Alberto, tomaron distancia. Apenas mandaron una escueta comitiva, encabezada por Héctor Daer y Carlos Acuña. En otro palco estuvo Hugo, en representación de los Moyano. Nada más. Las organizaciones enviaron a la plaza del Congreso a una delegación escueta: Barrios de Pie, el Movimiento Evita y la UTEP querían demostrar que no le sacan el cuerpo al Frente de Todos, pero que no están de acuerdo con la aventura electoral de Alberto.

En la plaza semivacía, resaltaron los primeros carteles que anuncian la candidatura del Presidente: los firma el “espacio A23” y su eslogan indica “Por todo lo que hicimos y por lo que falta hacer”. La imagen es del Presidente golpeándose el pecho, a la altura del corazón.

Con la cuenta regresiva del final del mandato, Alberto Fernández empieza a quedarse solo. La oposición lo arrincona con sus críticas y el kirchnerismo no lo defiende. Sin éxito intentó congraciarse con Cristina cada vez que pudo, a veces hasta el límite del ridículo. Tendrá que seguir aguantando la presión para conservar las esperanzas reeleccionistas y no convertirse en un pato rengo en sus últimos meses de gestión.

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