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San Martín, los debutantes de la suerte y los abrazos más esperados

“Esta va a ser una tarde histórica, no importan cuánto salgamos”, dice el abuelo que mira a sus dos nietos que junto van por primera vez a Ciudadela. Los adultos caminan la Pellegrini con la naturalidad que da varias décadas caminándola domingo de por medio, casi sin excepciones. 

El debut tan postergado, un poco por la pandemia, otro poco por los incómodos y persistentes horarios de lunes por la noche del año pasado, otro tanto por el calor de los primeras dos fechas, llega al fin hoy con el equipo completo, tres generaciones representadas por abuelo- padre y tío- hermanitos de seis y cuatro años. 

El abuelo hace más de 30 años ya caminaba con dos niños que ahora son padre y tío. La sonrisa de oreja a oreja de los cinco es mucho más importante que si Delfino cambia hasta el arquero cual manotazo de ahogado. ¿Cuántos Delfino vieron pasar? ¿Cuántos arqueros titulares y suplentes? ¿Cuántos más verán pasar esos niños que hoy debutan y son mucho más importantes que el debut de Enzo Martínez o Tinaglini? 

Los ojos abiertos de par en par ante la segunda bandeja que se impone en el paisaje urbano es la primera expresión de sorpresa, de impacto, de los tanto que tendrán en el atardecer colorido de La Ciudadela. Después vendrán la de los cánticos, los papelitos, las banderas y miles de aprendizajes imborrables, el más importante es que cada vez que el Santo sale a la cancha hay que recibirlo de pie, con aplauso, cantando y saltando, aunque se venga de una derrota deshonrosa ante San Telmo. 

De acá en más habrá tiempo para seguir  asimilando rituales: desde pelar maníes que solo en la cancha se consiguen hasta sufrir en cada pelota parada: estos niños sabrán ya desde hoy que un córner en contra es casi tan peligroso como un penal y que un penal a favor pocas veces terminan en gol, por lo menos en Ciudadela, sino pregúntale a Dening que de tanto discutir con Colazo antes de patear perdió fuerza y le dio con La Gaceta: débil, tibia, sin fuerza, sin alma. 

Justo viene a fallar el pobre de Dening que es el único que juega, llanero solitario del ataque, hoy un poquito más acompañado por un Colazo movedizo, sacrificado y goleador en complicidad con el arquero González que puso la mano flojita y por eso se le escurrió el zurdazo que iba al medio y a media altura. 

Hay grito de gol y abrazo cerrado de tres generaciones de cirujas que vinieron juntos por primera vez para nunca más irse. 

De fútbol poco y nada, y por esos los niños se distraen con el helicóptero que vaya saber por qué anda sobrevolando el estadio y hasta parece que se quedó arriba paralizado para ver el partido o seguramente a la hinchada que es más interesante: las banderas no paran nunca de moverse, los bombos suenan todo el tiempo y en la Rondeau saltan y agitan los brazos en un movimiento que captan toda la atención de los debutantes pequeños embelesados por el color de la fiesta. 

Después del gol hay más de lo mismo: nada de fútbol, ni dos pases seguidos, cero volumen de juego, escases absoluta de opciones de gol, en fin… la chatura futbolística de las últimas tres fechas. Los seis cambios no surten efecto en el trámite del partido, el triunfo es totalmente casual, pero no por eso mal recibido, porque ganar siempre importa más que las formas. Las formas solo atenúan o agravan en la derrota. 

En el segundo tiempo solo el penal de Dening para San Martín y un millón de centros de Almagro, ninguno peligroso, salvo el  que terminó con un despeje de Orellana en la línea con la ayudita del travesaño salvador. 

Mientras Delfino, brazos en jarra, demora una eternidad en darle frescura al equipo con los cambios la platea pide a gritos desde hace rato, los minutos pasan tan lentos que los niños empiezan a prender que en Ciudadela el tiempo tiene otra densidad, se hace espeso, paralizando relojes y corazones. 

Los gritos son cada vez más nerviosos y los últimos minutos se ven parados: otra enseñanza de hoy y siempre. “A esta parte del partido se le llama sufrimiento, hijos”, les estaba por explicar el padre pero no hizo falta porque el más grande no paraba de besar el escudo de la camisetita nueva, como dando fuerza e implorando que termine. Tan chiquito y ya aprendió que primero hay que saber sufrir. ¿Después? ¿Qué importará el después?. 

Almagro tienen una sobre la hora y la tiran afuera, con toda la defensa de San Martín comiéndose el amague y con el arquero haciendo vista. No hay tiempo para más, o mejor dicho sí hay tiempo, para festejar, revolear remeras y festejar con los changuitos que tienen la sonrisa indisimulable en las caritas hoy más rojas y blancas que nunca. 

La caminata es lenta y feliz en medio de esa procesión carnavalera que embellece la ciudad cuando gana el Santo, disolviendo la habitual depre del domingo por la noche. Ha sido una tarde histórica, tal como lo vaticinaba el abuelo al comienzo, entonces, el menor de los niños dice: “Estuvo buenísimo, quiero venir siempre”, el mayor asiente y el padre más feliz que nunca dice: “Así va a ser, Cirujas”. 


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