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Shami, la cadena de fast food árabe: la increíble historia del fundador que fue secuestrado y escapó de la guerra

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Al principio, Amir Roumieh no entendió lo que pasaba. Dos jóvenes lo esperaron en la puerta de la academia donde aprendía inglés. Eran las cuatro y media de la tarde en Yabrud, a 80 kilómetros de Damasco, la capital de Siria.

Lo obligaron, sin violencia física, a recorrer un camino no habitual. No demostraban ser agresivos. Pero a medida que caminaba con esos “extraños conocidos”, entendió que era un secuestro.

“Me llevaron a un baldío. Había un árbol. Me acuerdo hasta el día de hoy el color y el olor del árbol. Me ataron las manos con alambres y ahí cambió todo. Me empezaron a pegar”, cuenta.

Amir tenía 10 años y aún hoy, a sus 42, radicado en Buenos Aires y al mando, junto a su hermano Emad, de la cadena de comida rápida árabe Shami, se estremece al recordar el momento que lo marcó para toda la vida.

En su local de Caballito, uno de los 16 que tiene la marca en todo el país, este emprendedor repasa una historia familiar de emigración que comenzó en 1991.

El segundo episodio ocurriría dos décadas después, cuando estalló la guerra civil que desgarró a su país y lo forzó a rehacer su vida a miles de kilómetros de manera definitiva. Fue también el inicio de un negocio único en su segmento que hoy busca expandirse a nuevas fronteras.

Los motivos del secuestro

Más detalles de ese día de 1991: Amir sentía que jugaban impunemente con él, que “se le cagaban de risa”. Uno le hablaba al otro. Fingían que lo golpeaban más fuerte y emulaban movimientos del actor y peleador de artes marciales Jean-Claude Van Damme. Supuso, y deseó, que no lo matarían, pero sí que querían provocarle más que un susto.

Yo conocía a los chicos. Eran del narco. Uno tenía un hermano detenido. Era una familia manchada que andaba en la mala vida”.

Las piezas del rompecabezas empezaron a encajar. Más temprano, ese mismo día, el diputado Nadim Roumieh, padre de Amir y otros cuatro hijos, había presentado un proyecto de ley contra los narcotraficantes. Pedía aumentar las penas. Las represalias, como le habían advertido colegas del mundo político y del poder, fueron casi inmediatas.

Amir y su padre, Nadim Roumieh. Foto: Diego LandiAmir y su padre, Nadim Roumieh. Foto: Diego Landi“En el momento de mi secuestro, mi papá estaba en Damasco. Cuando vuelve, empieza a preguntar por mí. Y nadie sabía. Un vecino le dice que dos personas me habían llevado. Ahí empezó la sospecha. No era algo común. Movilizó a todos en la ciudad”.

Siria era gobernada con mano dura por el militar Háfez al-Ássad, que tuvo mandato desde el 22 de febrero de 1971 hasta su muerte, el 10 de junio de 2000. Luego asumió su hijo Bashar Háfez al-Ássad, quien aún se mantiene en el cargo.

Nadim, según dice su hijo, era de los que embestía contra los corruptos en el Congreso. No tenía problemas para denunciar e “ir al frente”. En ocasiones, su ímpetu contra los negociados y lo ilegal lo llevaron a exponerse. Tanto a él como a su familia.

En Siria, un narcotraficante cumplía penas relativamente bajas. Nadim redactó e impulsó un proyecto que condenaba a la pena de muerte a los traficantes de drogas que “estaban matando a la juventud”.

Lo presentó en el parlamento en las primeras horas. Esa misma tarde, Amir recibió la golpiza, y conoció un miedo que no había tenido antes, ni tendría después. “Fue el peor día de mi vida”, dice.

El padre recurrió a todos sus contactos y recursos para dar con su hijo. Se puso en alerta al sistema policial y hasta a la oficina de Inteligencia. Amir recuerda su liberación, casi una hora después del encuentro inicial con sus captores.

Me soltaron las manos y me dijeron ‘andá a tu casa. Saludos a tu papá’. A las siete de la tarde llegué caminando solo a casa. Estaba lleno de policías y generales, y un jefe del Ejército me tranquilizaba”.

Le pidieron que hiciera un identikit, pero él repetía que sabía quiénes eran y dónde vivían. Al rato lograron capturar a los jóvenes y a Amir lo llevaron al hospital a hacerle radiografías. Tenía los hombros muy lastimados y una sensación indescriptible de angustia y miedo.

A la una de la mañana llamó un vecino de su papá. Le recomendaban retirar la denuncia. “Vos sos consciente de que si hay un accidente tu hijo puede morir y nadie los podrá cuidar”, fue la segunda advertencia de un alto funcionario a la familia Roumieh. La desprotección era total.

La idea de emigrar a la Argentina

La vida familiar no volvió a ser la misma. Asustados, sentían que estaban en la mira de “la mafia”, con “manos en todos lados”. Recibieron amenazas, llamados intimidantes, no podía salir solos por la noche y hasta hubo intentos de atentados.

Nadim siguió como diputado hasta 1993, pero la idea de emigrar fue tomando forma. Al año siguiente vino a la Argentina para Expo Arab y vio que el proyecto “podía andar”. Fue el primer país que pensó como destino.

En Morón tenía amigos y contactos cercanos a su abuelo y a su padre. Decidió hacer punta. En 1996, ya en Buenos Aires, empezó un negocio con poco capital. Trajo un container con productos árabes y se dedicó al comercio.

En Siria habían quedado su esposa, Solma, y sus hijos Mohamed, Amir, Emad, Shaza y Huda. Tenía 10 mil dólares en mercadería y le costó mucho conseguir local, hasta que pudo instalarse sobre la avenida Scalabrini Ortiz. El emprendimiento comercial que comenzó de cero todavía se llama Al Sham, lo mantiene y hasta lo expandió a ciudades de la Costa.

Las cosas empezaron a ir bien. Fue armando una clientela interesada en las artesanías árabes, y en 1998 se le sumo el hijo mayor, Mohamed. Nadim siempre se focalizó en el comercio y evitó pasarse a la gastronomía, como luego hicieron dos de sus hijos.

La guerra y la creación de Shami

Luego del secuestro y la emigración paulatina de su familia, Amir llegó a la Argentina por primera vez en 2000. Se integró al negocio familiar hasta 2006, momento en que decidió volver a su tierra natal.

Pero su nueva etapa en Siria tuvo un final abrupto cuando estalló la guerra civil en 2011. Un levantamiento de diferentes grupos opositores contra el régimen provocó un estado de tensión, muertos e incertidumbre.

Amir ya estaba en pareja con May y el objetivo era formar una familia. En 2012 esperaban a su hija Naia, cuando un acontecimiento violento encendió alarmas y precipitó otra vez la decisión de emigrar.

Amir, con su esposa, May, y su hijo, Kinan. Foto: Diego LandiAmir, con su esposa, May, y su hijo, Kinan. Foto: Diego Landi“May estaba embarazada de Naia. Sentimos explotar un coche bomba en Damasco. Y luego un segundo coche bomba muy cerca de nuestra casa. Se movió todo. Tuvimos mucho miedo. Y dije: me tengo que ir. No quiero que a mi familia le pase nada. No quiero que mi hija nazca en la guerra”, recuerda Amir en un castellano con destellos de acento árabe.

Tramitó de urgencia una visa a Brasil, compró pasajes a último momento y consiguió un certificado para que su mujer pudiera viajar con el embarazo avanzado. No le quedaba otra opción que abandonar nuevamente su país.

A los seis días de haber llegado a Brasil nació su hija. Lejos de las bombas y con la esperanza de empezar una nueva vida, se instalaron en Curitiba. Amir inauguró un local de venta de shawarma. Fue el embrión de lo que luego sería Shami, que quiere decir damasqueño, el gentilicio de la capital de Siria. Ese primer local se llamó Naia, como la recién nacida.

Un nuevo concepto de cocina árabe

Meses después, con toda su familia en la Argentina, arrancó su segundo tiempo en Buenos Aires. Amir comenzó a pensar en un proyecto con una vuelta de tuerca. “Somos muchos en la familia y hay que inventar algo nuevo. Podríamos seguir siendo comerciantes como mi papá o cambiar”, pensó. Así fue que vio un nicho: el fast food de comida árabe.

“Shami fue una idea. Hacía falta una buena y rápida gastronomía árabe en la Argentina. En Brasil estaba la cadena Habib’s”, dice.

La cadena de fast food árabe brasileña tiene 305 restaurantes en todo el país. El paso de Amir por Curitiba fogoneó su inspiración. Acá ya jugaba de local y se “sentía un argentino más”.

Si bien ya existía una nutrida oferta de restaurantes árabes en Buenos Aires, Shami exploró un modelo de negocios novedoso en ese segmento, y se transformó en la primera cadena de su tipo en el país.

Con su hermano menor Emad -dueños y socios en partes iguales-empezaron a investigar y estuvieron de acuerdo en que la gastronomía “es linda pero se depende de mucho personal”. Había que encontrar el funcionamiento ideal.

Surgió entonces la idea de hacer locales autoservicio y no restaurantes. Una comida árabe de calidad, con un concepto de limpieza y modernidad.

Uno de los locales de la cadena. Foto: ShamiUno de los locales de la cadena. Foto: ShamiPrimero, en 2014, armaron una planta en San Martín. Ese establecimiento, pieza central en la estructura comercial, puede abastecer entre 30 y 40 locales. Allí elaboran los productos que se distribuyen listos para comercializar. Desde los “pinches” de shawarma, que los locales reciben congelados, hasta los condimentos y demás recursos. Todo es fresco y se repone cada dos días aproximadamente.

La producción de la planta abastece los 16 locales de la cadena, donde se venden más de 2500 sharwarmas por día.

El primer local, que luego se vendió, se abrió en 2015 en la calle Gurruchaga, en Palermo. El negocio siempre fue creciendo, aunque tuvieron que sortear los vaivenes característicos de la economía argentina.

“A alguien que tiene fe, que invierte, en algún momento le llega la buena. Si uno sigue un camino y hace las cosas bien, va a ir bien. Argentina es un país muy lindo, no tiene guerra. Para mí los argentinos no valoran esto”, dice Amir.

Shami tiene locales en shoppings, como Unicenter; en zonas neurálgicas como la Avenida Callao o Caballito; y hasta uno en Santa Teresita. La expansión del negocio, así como la ubicación de sus restaurantes autoservicio, depende de un modelo que combina locales propios, otros franquiciados y sociedades entre Shami y los franquiciarios. Para sacar una franquicia se estima una inversión de entre 70 y 80 mil dólares, depende del local.

Los precios de los combos, que incluyen shawarma, yabras, fatay o falafel vegetariano, entre otras comidas clásicas árabes, como tabule o kepe, escalan de los $7.700 hasta $10.000.

Shami es el proyecto que soñé, que empezamos con mi hermano Emad y lo van a seguir nuestros nietos. Es una semilla que crece, y estoy seguro de que terminará siendo la cadena más importante del mundo de comida rápida árabe”, se entusiasma.

En el futuro, los hermanos Roumieh apuestan a buscar nuevos socios o franquiciados para expandirse a Brasil, Estados Unidos y otros países.

Un sueño cumplido y otro por cumplir

Tras una década viviendo en el país con su mujer, May, y sus tres hijos, Naia, Nidal y Kinan, Amir ya se siente local. A tal punto que una de sus mayores alegrías fue cuando la Selección ganó la Copa del Mundo en Qatar. “Fue un sueño cumplido”.

En Shami prometieron que, si la Argentina salía campeón, regalarían 1000 shawarmas en el fun fest de la Avenida Libertador. Y así lo hicieron. Amir celebró como uno más entre la marea de gente que se agolpó en el local de avenida Corrientes al 1500. En pleno fervor, tiró cientos de botellas de agua para aplacar el calor de la multitud que poblaba la avenida.

Amir en el festejo del Mundial. Foto: Diego LandiAmir en el festejo del Mundial. Foto: Diego LandiAhora le queda por cumplir otro sueño: hacer el shawarma más grande del mundo. Para eso importó una máquina especial que pagó decenas de miles de dólares, y le permitirá hacer esa comida típica con la mejor carne del mundo “que es la argentina”.

La idea surgió en otro momento dramático. En 2014, en el Hospital de Niños Ricardo Gutiérrez, le salvaron la vida al hijo de Amir. Llegó al hospital sin aire porque había tragado algo que no lo dejaba respirar. “Estaba a punto de morir”, recuerda. “Le salvaron la vida. Fue una atención súper especial”.

En agradecimiento intentó organizar, junto al Gobierno porteño, un evento gastronómico abierto cuya recaudación por la venta de shawarma se iba a destinar al hospital. Pero no pudo ser.

Los cambios políticos y de autoridades en la Ciudad obligaron a suspender el evento, y Amir se quedó con las ganas y con la máquina importada todavía sin usar.

“Para hacerlo necesitaba apoyo y me fallaron”, dice. El emprendedor todavía guarda la esperanza de concretarlo algún día.

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